

Hay una imagen que Isaiah Berlin usó en 1958, en su célebre lección inaugural en Oxford, que sigue siendo útil para pensar el diseño conductual contemporáneo: imaginar un largo corredor con cientos de puertas, su idea de libertad negativa se mide contando cuántas de esas puertas están sin llave, sin guardia, sin barrera legal. No importa si detrás de cada una hay algo bueno o malo, ni si tenemos los recursos para cruzarla: lo único que cuenta es que nadie nos lo impida por la fuerza.
La libertad positiva, en cambio, pregunta algo distinto: de esas puertas abiertas, ¿cuál, o cuáles, decidimos cruzar, y por qué? Para Berlin, la tradición que él mismo pone bajo sospecha sostiene que solo somos «verdaderamente libres» cuando cruzamos la puerta correcta, guiado por nuestra razón y no por nuestros impulsos. El problema —y aquí está el nervio de todo su ensayo— es que basta con que alguien más decida que sabe mejor que nosotros cuál es esa puerta correcta, para que la libertad positiva termine justificando la coacción «en nuestro propio beneficio», como en los sistemas autoritarios.
¿El nudge respeta la libertad negativa?
Richard Thaler y Cass Sunstein bautizaron su propuesta como «paternalismo libertario» precisamente para blindarla de esa sospecha. Su argumento es que si la cafetería pone la fruta a la altura de los ojos y las papas fritas al fondo, técnicamente nadie nos prohíbe elegir las papas. Ninguna puerta se cierra. En el vocabulario de Berlin, el nudge respetaría técnicamente la libertad negativa.
Pero esa defensa deja algo sin resolver. El nudge no actúa sobre las puertas del corredor: actúa sobre el mecanismo mismo con el que elegimos —los sesgos cognitivos, los defaults, los atajos mentales— y lo hace, casi siempre, sin que lo percibamos conscientemente. No es coacción dura, pero tampoco es indiferencia. Es alguien —el arquitecto de decisiones, la empresa, el Estado— que ha decidido de antemano cuál es nuestro «verdadero interés» (comer mejor, ahorrar más, donar nuestros órganos) y ha rediseñado el entorno para conducirnos hacia esa puerta.
La pregunta, como la puerta, queda abierta
Si la libertad positiva, en su forma más plena, exige que sea el propio sujeto quien ejerza su autonomía racional, entonces el nudge típico no calza del todo ahí tampoco: es un tercero ejerciendo esa libertad por nosotros, aunque podría simplemente estar disfrazada de neutralidad solo porque no toca formalmente la libertad negativa.
Esto deja varias preguntas abiertas, que queremos presentar a los lectores y estudiantes de C3 – COLEGIO DE CIENCIAS DEL COMPORTAMIENTO:
- ¿Basta con que el número de puertas siga intacto para que hablemos de libertad plena, o el modo en que se ordenan o se nos conduce hacia una de ellas ya es, en sí mismo, una forma de interferencia?
- ¿Cambia algo si el nudge es transparente —si el sujeto sabe que está siendo empujado y hacia dónde— como cuando vemos una publicidad que de antemano sabemos que están tratando de vendernos algo?
- ¿Puede existir un nudge que respete genuinamente la libertad positiva, en el sentido de fortalecer la capacidad racional del sujeto para elegir por sí mismo, en lugar de sustituirla y estaría la idea de boost de Gerg Gigerenzer más cerca de este concepto?
- ¿Quién nos garantiza que el diseñador de la arquitectura de decisiones no está, como los regímenes que Berlin temía, aludiendo a su propia idea de «nuestro verdadero interés» cuando sabe realmente que no es así?
Tal vez no hay una respuesta única. Pero que cada vez que evaluamos una política de nudging —pública o comercial— vale la pena hacerse la pregunta de Berlin: cuántas puertas siguen abiertas, y además, bajo qué criterios se establece la conveniencia de cada una de las partes implicadas en esa arquitectura de la decisión.
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